Una lectura desde la estructura del sistema, desde la responsabilidad institucional, y desde el derecho ciudadano a exigir un Estado que funcione.
La primera pregunta cuando el transporte público falla es siempre la misma: ¿quién tiene la culpa? La lista es larga: el chofer, la empresa, el vecino con servicio, la ciudad de al lado, la calle en mal estado, las motos, la fuga de pasajeros. Es lo más fácil.
Pero hay otra pregunta: ¿quién tiene la responsabilidad y la capacidad de hacer el cambio?
Imaginemos que no existe un sistema vial. No hay rutas, semáforos, señalizaciones, prioridades, policía de tránsito, multas, desagües. Pero sí hay autos. El caos está garantizado. ¿Y a quién culpamos? A los peatones, a los que enciman vehículos, a los que estacionan mal, a los que van todos a la misma hora. A cualquiera menos al verdadero responsable. Lo que falla es a gran escala: el diseño, la planificación, el control, el mantenimiento. Cuando un problema afecta a cientos de miles de personas durante años, ya no es algo aislado. Es problema público. El transporte público es exactamente igual: un sistema que dejamos girar solo, sin nadie que lo dirija, esperando que funcione por arte de magia.
El Estado local no es un edificio. Es la Municipalidad, la Gobernación, sus autoridades electas y los concejales. Ellos son el Estado acá. Y el transporte público necesita diseño, planificación, control y mantenimiento público. Seguir apuntando al chofer, a la empresa o al vecino es una mirada de hormiga, un error en el que caen hasta las propias autoridades.
Si no entendemos esto, vamos a seguir dando vueltas como en una calesita. Solo se van a subir nuevas empresas, nuevas autoridades, o las mismas autoridades con las mismas promesas, a girar en el mismo lugar.
Donde antes repetían "no hay pasajeros", hoy dicen "no hay subsidios", pero no hacen nada para ingresar a la reforma nacional del transporte público. Y ahora se puede. Ninguno asume que lo que hay es voluntad para mantener todo igual. Antes un concejal dijo, con total seriedad, que el problema era la conectividad, que los inversionistas no podían llegar por tierra. Así que pusieron un aeropuerto internacional. Diez millones de dólares. Se usa unas semanas al año durante el rally. El resto del tiempo, para carreras de pájaros. Por eso tampoco el problema es la falta de recursos. Los síntomas cambian, pero la enfermedad está en la estructura, en los huesos.
Ese estancamiento lo pagan los más humildes, los mismos que pagan pasaje por un servicio que les falla, y el sueldo de funcionarios que también les fallan. Existen estudios técnicos, diagnósticos, números. Pero no alcanzan. Porque el problema no es técnico: es político. Por eso necesitamos observatorios de movilidad urbana en cada universidad, no solo para generar más datos, sino para que la política esté obligada a analizarlos.
La fórmula secreta es esta: reformar el sistema. Responsabilidad de las autoridades. A esas autoridades las eligió el Pueblo, y el Pueblo tiene el poder de demandar sus derechos. Necesitamos para anteayer los horarios actualizados y publicados, para ayer la Dirección Municipal de Transporte Público, para hoy audiencias públicas, y para mañana el ingreso a la reforma nacional del Transporte Público. Porque de eso se trató el pacto y el juramento que hicieron. Si no son capaces de unirse para enfrentar esta problemática hasta los huesos, tengan por seguro que sumarán mi voto a la pila de los "en blanco".